ENSAYO
Cómo tener más suerte (método pseudocientífico)
Solo necesitarás tres mil huevos.
David Gutiérrez · 7 min de lectura
Nota: este ensayo es la edición (ligeramente adaptada para la web) de un correo que envié a los suscriptores de mi newsletter el 26 de julio de 2026. Si quieres recibirla el próximo el domingo a las 19:15: puedes suscribirte aquí.
A
mí la suerte se me asemeja bastante a una enana en la Línea 10.
En hora punta intuyes que está ahí, pero tampoco te la jugarías si alguien preguntara por dónde anda.
Digo esto porque desde hace unos meses me han diagnosticado el síndrome de la moto inquieta (SMI). Es una afección que te condena a pasar el menor tiempo posible en casa. ¿Líneas de tratamiento? Entregarte a la ciudad y a sus sorpresas.
Sé que lo supones, pero quiero remarcarlo: este trastorno no es nuevo en mí. La única diferencia es que ahora suma puntos en el Club Shell (en vez de comerse la suela de mis zupis).
Bien, esa es la primera. La segunda diferencia es que he cambiado sentarme al lado de la madre que pone Peppa Pig a todo trapo a su chiquilla (¡OINK, OINK!) por el mantra que murmuran las marchas monosílabas de mi Interceptor 650.
Pero volvamos a la enana: hoy no es otra que la mismísima diosa Fortuna.
Te pregunto:
¿Por qué parece que algunos la llevan de la mano y esnifan (en bandeja de plata) cada átomo de suerte que corona su cabeza…
…y otros pobrecitos, desheredados, tan solo encadenan una serie de catastróficas desdichas que nos llevan a concluir que algo (o alguien) está en su contra?
Richard Wiseman no necesitó bandejas de plata para plantearse esto mismo en The Luck Factor.
Allí dice muchas cosas, pero me interesan en particular los rasgos que, según él, comparten las personas afortunadas:
1. Habilidad para crear y reconocer las oportunidades.
2. Intuición afinada en la que confían (y que usan como guía).
3. Profecías autocumplidas basadas en expectativas positivas.
4. Resiliencia para convertir los contratiempos en un «pues no era para tanto».
Espera, dame un segundo porque te veo venir…
Antes de que digas: «buah, es que soy yo literal», déjame ponerme las gafas de pasta.
Lo brillante de Wiseman: montar un experimento en el que pidió a los participantes que contaran las fotografías de un periódico. Hasta ahí nada raro… ¿cuál era la gracia?
Que al pasar la primera hoja había un mensaje de media página (en tipografía de cuatro centímetros) que decía que parases de contar, que había 43.
Pero no solo eso: a mitad del periódico había otro, igual de grande, que ofrecía cien libras a quien avisase de haberlo visto.
Nadie lo vio.
Curioso…
Si fijas la atención en algo específico como contar fotos, la red atencional de tu cerebro entra en modo «visión túnel» (y de ahí no la saca ni un soborno de cien libras).
No conforme con el primero, Wiseman montó un segundo experimento: esta vez la recompensa (económica) venía por vigilar fijamente un punto en el centro de una pantalla. Bajo esa presión, más de un tercio de los sujetos perdió de vista los enormes puntos que aparecían en los márgenes.
A eso lo llamaremos ansiedad inducida. Es la misma que llevaban en las yemas manchadas de tinta los que pasaron hasta la última página (solo que esta vez, estaba manipulado a propósito).
Te dejo esta frase para que la compartas en tu Ainstaegraem Aestouryes:
A veces, cuanto más miras, menos ves.
Fuera coñas: ¿quién podría ser afortunado bajo las condiciones del experimento?
En la respuesta de Wiseman topamos con un «método científico» que se nos revuelve. Y que conste que no es culpa suya; somos humanos y el azar se disputa en la cancha de los dioses.
Él mismo montó otro experimento para descartar lo paranormal. Quería comprobar si la supuesta «intuición» de los afortunados era en realidad algún tipo de capacidad psíquica. Pero claro, mientras lo pensaba, se dio cuenta de que si su teoría era cierta… él mismo podía hacerse millonario en una tarde.
Pidió a setecientos participantes (afortunados y desafortunados) que eligieran los números de la lotería. Sería tan sencillo como comprar un boleto con los números más votados por los «afortunados» (y ninguno de los escogidos por su contraparte).
Compró el 1, 7, 17, 29, 37 y 44.
Salió el 2, 13, 19, 21, 32 y 45.
No acertó ni uno.
Digo que el «método científico» está revuelto porque aquí hay un matiz crucial. Aun con muy buen criterio, a diferencia de los dos experimentos anteriores (donde hizo pasar páginas y vigilar pantallas a personas «normales»), para este tramo del estudio Wiseman introdujo un sesgo de selección inteligentísimo para la psicología, pero resbaladizo para la ciencia dura.
Hizo un llamamiento a personas basándose exclusivamente en la percepción que tenían sobre sí mismas.
(El sujeto puntuaba su índice de fortuna personal al contrastar cuánto se reconocía en las descripciones de otras personas afortunadas y/o desafortunadas).
Es evidente que se nos queda una pregunta botando en el aire: ¿soy más afortunado que tú solo porque me reconozco más en según qué arquetipos?
Hmmmmmmmmmmmmm…
Yo, aun así, quiero creer.
Y como quiero creer, me traigo esta confesión de Don Taleb en ¿Existe la suerte?:
Solo soy suficientemente inteligente como para comprender que tengo una predisposición a ser engañado por el azar, y para aceptar el hecho de que soy bastante emocional. Estoy dominado por las emociones pero, como esteta que soy, estoy encantado de que sea así.
Esta bula papal nos permite volver a Wiseman con la conciencia tranquila. Resulta que los autodenominados «afortunados» de su muestra compartían un parecido perturbador en tres de los índices que mide el test de personalidad de los cinco grandes (Big Five o modelo OCEAN).
Frente a los desdichados, ellos…
1. Tienen mayor tendencia a buscar estímulo en compañía de otros (extraversión).
2. Prefieren perseguir su curiosidad y ser más picaflores (apertura a la experiencia).
3. Son mucho menos vulnerables a las emociones desagradables (neuroticismo).
La mala noticia es que estos rasgos tienen una base genética y en parte los mamaste de tus padres.
La buena noticia es que, de los tres, el neuroticismo es el factor de tu personalidad que más responde a una intervención directa. Así lo demostró el metaanálisis de Roberts (2017) revisando más de doscientos estudios clínicos: es el rasgo que más se mueve con el trabajo adecuado, y esos cambios persisten.
(Tampoco sé si esto último es muy científico: le hice un brute-forcing a la IA pidiéndole el primer paper que validara mi teoría. Y la ironía es que el metaanálisis de Roberts es el estándar de oro clínico. Me recuerda a mis días colándole un TFM de dudosa rigurosidad a la URJC sobre la «publicidad circense»).
Reformulo por si acaso:
No hace falta leerse el paper para darse cuenta de que este rasgo se puede cultivar, porque tiene todo un complejo social-tecnológico por detrás que te responsabilizó de una ansiedad que, en realidad, era ausencia. Ausencia de habitar el momento presente por envolverte en la sobreestimulación del jodido TikTok.
Piénsalo: la fortuna tiene dos direcciones. Por un lado, quiere que paseéis juntitos de la mano por tantos sitios como conozcas. Esto amplía tu superficie de contacto con ella.
Por otro lado, quiere que le prestes atención y sigas de cerca los pasos que proyecta su sombra. Solo así serás consciente de que en esa misma esquina anodina por la que pasaste decenas de veces, hoy la luz se refleja con tintes de oportunidad.
El problema llega cuando esto se lee al revés: del resultado hacia el rasgo. Ahí es donde Taleb saca al «tonto con suerte».
Uno de esos que podemos encontrar en cualquier muestra estadística jugando a la ruleta rusa. Tiene diez millones de dólares sobre la mesa, aprieta el gatillo y no sale la bala. La prensa, al día siguiente:
«Qué habilidoso debe ser ese chaval al apretar el gatillo. Qué extraño talento para hacerse millonario».
Lo que nos lleva directos a Montaigne:
A Diágoras, apodado «el Ateo», hallándose en Samotracia, le mostraron en el templo muchos votos y retratos de quienes habían escapado de algún naufragio, y le preguntaron: «Y bien, tú, que piensas que a los dioses les traen sin cuidado las cosas humanas, ¿qué dices de todos estos hombres salvados por su gracia?». «Sucede», respondió, «que los que se han ahogado, que son mucho más numerosos, no están pintados».
El sesgo del superviviente. O mejor dicho hoy: el sesgo del afortunado. El marinero ahogado, como el jugador que aplicó el gotelé con sus sesos, no da entrevistas.
¿Qué hacemos entonces?
¿Has leído hasta aquí para irte con las manos vacías después de ver cómo me la meneo a lo largo de (largas) consideraciones intempestivas?
Va venga, que ya me conoces: es momento de darle la vuelta al calcetín.
Fíjate en lo que encontré un párrafo más arriba de lo de Montaigne. Es una cita de Cicerón que dice así:
Quis est enim qui totum diem iaculans non aliquando conlineet? [¿Quién, pues, si arroja todo el día la lanza no acertará de vez en cuando en el blanco?].
La utiliza como refutación estadística para los presagios de los profetas.
Pero es precisamente uno de los principios que, según Wiseman, comparten las personas que tienen más suerte en sus vidas.
¿Cómo afrontamos entonces una vida de acción sin perdernos en nuestra insignificancia frente a la enana que condiciona nuestros días?
Modificando nuestra exposición.
Aumentando la superficie de contacto y abriendo mucho los ojos:
→ Tira más triples. Haz que tu cementerio de intentos sea tan grande que haga palidecer los aciertos de los demás.
→ Pide favores extraños que la gente recordará sin que suenes pedante (ej. «El martes empiezo un intensivo de hipnosis, ¿te importa si movemos la mentoría al domingo de 10 a 12?»).
→ Deja una hoja de reclamaciones POSITIVA siempre que tengas la oportunidad (cuando elogias a uno, se retratan dos).
→ Trabaja tanto como el cuerpo te permita, pero para justo antes de que la disciplina y el hustle se conviertan en visión de túnel.
→ Piérdete en librerías de segunda mano sin buscar jamás un título concreto. No tengas prisa. Lee el párrafo de antes y el de después. A veces te cruzas con Cicerón por el camino.
Y sí, es cierto, Solón nos advirtió que nadie puede juzgar tu suerte hasta que hayas vivido el último de tus días.
Pero esta mañana se me olvidó.
Suelo desayunar dos o tres huevos todos los días. Llevo con esta costumbre unos cinco años. Si hacemos números redondos, he debido cascar más de 3.000 huevos…
Pues bien, HOY, día raro en el que me siento a dar forma a estos pensamientos sobre la suerte, los sesgos y el engaño del azar (que llevan obsesionándome toda la semana)...
…rompo el primer huevo sobre la sartén y me regala dos yemas.
—«Pinta bien el día», me digo entre legañas.
Abro el segundo y aparecen OTRAS dos yemas.
Cuatro yemas en la sartén. La imagen de un trébol de cuatro hojas me cruza la mente durante medio segundo. Qué suerte.
Y entonces me golpea el olor del café recién hecho.
Recuerdo que al principio del capítulo XI de los Ensayos de Montaigne (del que saqué a Diágoras y a Cicerón) el tío empieza hablando de los arúspices. Esos sacerdotes que leían las vísceras y entrañas de los animales sacrificados.
Y ahí estaba yo.
Dos mil cuatrocientos años después.
En calzoncillos y con las gafas de pasta torcidas, mirando fijamente las vísceras de mi desayuno para adivinar qué me iba a traer el día.
Con amor,
David
P.D. A las pruebas me remito:

NEWSLETTER SEMANAL
Esto era un correo antes que un ensayo.
Lo que acabas de leer es una edición de la newsletter que envío cada domingo a las 19:15 sobre publicidad, negocio y la filosofía que sostiene a los dos. Unas pocas acaban aquí, editadas como ensayos. La inmensa mayoría no sale nunca de las bandejas de entrada.
Está escrita para gente que vende su conocimiento o sus servicios. Hay lectores que acaban de arrancar su negocio y hay quienes facturan 20.000€, 50.000€ o más de 100.000€ al mes. Y aquí viene lo raro: a casi todos ellos los conozco en persona, me he tomado una cerveza con ellos o he trabajado mano a mano en las tripas de sus empresas.
Sé que a medida que esta lista crezca, esto será insostenible. Pero de momento, ese es el aire que se respira dentro.
Como me dijo una querida lectora hace poco:
—David, esto es café para MUY cafeteros.
Eso sí, si decides entrar, no recibes la edición de esta semana. Primero te enviaré una secuencia de siete correos llamada «El periplo asiático». Allí cuento, en orden y con números, lo que aprendí invirtiendo más de un millón de euros en publicidad. Eso y cómo escapé del tifón Wipha en Vietnam, qué me pasó en Hiroshima o lo que se aprende bebiéndote una Bintang aguachirri en un hostal de mala muerte de Bali.
Es la puerta de entrada. Todos los que están dentro pasaron por ella.
Después, una carta cada domingo. Es curioso cómo algunos lectores acaban trabajando conmigo. La mayoría no. Yo lo llamo el eje Z (sabrás más dentro).
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La puerta de salida siempre está abierta si no encajamos.